En el complejo entramado del derecho, a menudo nos encontramos legislando y juzgando a un sujeto que, si bien es una construcción ideal de la norma, interactúa en una realidad empírica que desafía la simplicidad de la tipificación legal.
El presente artículo busca tender un puente entre el "deber ser" del derecho y el "ser" de la psique humana, explorando cómo los aportes de la psicología, en particular la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud, pueden enriquecer la comprensión del comportamiento humano y, por ende, la aplicación del derecho.
La Construcción de la Ley: ¿Ideal o Empírica?
Una de las diferencias fundamentales entre el derecho y las ciencias empíricas radica en la génesis de sus "leyes". Las ciencias, como la física o la química, construyen sus teorías a partir de la observación de fenómenos reales y empíricos. Sus leyes, aunque provisorias y sujetas a refutación, emergen de la realidad. El derecho, en cambio, sigue un camino inverso: primero se idealiza la norma, la pauta de conducta esperable o reprochable, y solo después se baja esa concepción ideal a la realidad fenomenológica. Esta relación inversa puede llevar a una "construcción fraccionada de los fenómenos" si no se incorporan saberes que estudian al sujeto en su dimensión real. Es por ello que se torna imprescindible integrar a nuestro bagaje de conocimiento personal y, sobre todo, para la realización del derecho, los aportes de disciplinas como la psicología, la psiquiatría, la medicina, la sociología y la antropología.
Para superar esta dualidad entre el sujeto real de las ciencias del comportamiento y el sujeto ideal de la norma jurídica, nos adentraremos en nociones básicas de la constitución del aparato psíquico, su dinámica y su efecto en la realidad del sujeto, basándonos en el "Compendio del Psicoanálisis" de Sigmund Freud, escrito alrededor de 1938.
El Aparato Psíquico: Un Telescopio Hacia el Interior
Freud concibe la vida psíquica como la función de un aparato complejo y extenso, similar a un telescopio o un microscopio, cuyas nociones se alcanzan estudiando el desarrollo individual del ser humano. Este aparato posee un órgano somático, el sistema nervioso, y se manifiesta a través de nuestros actos de conciencia.
Las instancias que componen este aparato son tres pilares fundamentales para comprender la dinámica de la personalidad y el comportamiento:
- El Ello: El Recipiente de lo Primario. Es la más antigua de las instancias psíquicas, conteniendo todo lo heredado, innato y constitucionalmente establecido, especialmente las expresiones psíquicas de la organización somática. El Ello expresa el verdadero propósito vital del organismo individual: la satisfacción de necesidades innatas. Sus instintos orgánicos, fusiones de fuerzas primordiales de vida y destrucción, buscan la satisfacción inmediata e inescrupulosa, sin consideración por la seguridad individual ni el miedo. No se comunica directamente con el mundo exterior y solo es accesible a nuestro conocimiento por intermedio de otra instancia psíquica.
- El Yo : El Mediador con la Realidad. Una parte del Ello, bajo la influencia del mundo exterior, se transforma y desarrolla una organización especial que funciona como mediadora entre el Ello y el mundo externo. El Yo establece la relación entre la percepción sensorial y la actividad muscular, gobernando la movilidad voluntaria. Su función primordial es la autoconservación en un doble sentido: o Hacia el exterior: Percibe estímulos, acumula experiencias, elude los intensos, enfrenta los moderados por adaptación y aprende a modificar el mundo exterior. Se encuentra en contacto directo con la realidad; o Hacia el interior: Domina las exigencias de los instintos del Ello, decidiendo si se satisfacen, aplazando la satisfacción hasta oportunidades más favorables o suprimiendo excitaciones instintivas. El Yo persigue el placer y evita el displacer, respondiendo con una señal de angustia a todo aumento de displacer, lo cual califica como peligro. Es determinado principalmente por las vivencias propias del individuo, por lo actual y accidental.
- El Superyó: La Voz de la Norma y la Conciencia Moral. Se forma como una instancia especial durante el prolongado período de dependencia infantil de los padres. Perpetúa la influencia parental, los efectos de las tradiciones familiares, y populares, y las demandas del respectivo medio social. Incorpora también aportes de educadores, personajes ejemplares e ideales venerados en la sociedad. El Superyó se diferencia del Yo y plantea nuevas necesidades, pero su función principal es la restricción de las satisfacciones, observando al Yo, impartiéndole órdenes, corrigiéndolo y amenazándolo con castigos. Al igual que el Ello, el Superyó representa influencias del pasado, pero en su caso, esencialmente las recibidas de los demás.
Cualidades Psíquicas: Consciente, Preconsciente e Inconsciente
Freud también nos plantea que el punto de partida de lo psíquico es el fenómeno de la conciencia, pero que la psicología trascendió esa visión limitada al incorporar la noción de inconsciente. Esto permitió que la psicología se convirtiera en una ciencia natural, capaz de establecer leyes y comprender fenómenos complejos.
Se distinguen tres cualidades de los procesos psíquicos:
- Consciente: Es lo que coincide con la conciencia de los filósofos y del habla cotidiana; un estado fugaz, consciente solo por un instante.
- Preconsciente: Parte del inconsciente que puede hacerse consciente con facilidad, es decir, puede reproducirse o recordarse.
- Inconsciente: Proceso puramente inconsciente, de difícil acceso a la conciencia, que debe ser inferido y traducido a la expresión consciente. El trabajo científico de la psicología, según Freud, consiste precisamente en traducir procesos inconscientes en procesos conscientes, llenando así las lagunas de la percepción consciente.
El Derecho como Modelador del Superyó y Regulador del Comportamiento
Aquí es donde la teoría psicoanalítica de Freud cobra una relevancia crucial para el derecho. Si consideramos que el Superyó representa todas las influencias del mundo exterior, lo aprendido, lo enseñado, lo vigilado y lo castigado, podríamos afirmar que una de las funciones esenciales del derecho es conformar el Superyó. Es decir, el derecho, a través de sus normas, busca regular los instintos que el Ello procura descargar sin reparo.
En este escenario, el Yo se convierte en el epicentro de la acción jurídica y vital. Es el Yo quien debe realizar las "transacciones" entre las demandas de su instinto (Ello) y las exigencias de la norma moral, social y, fundamentalmente, la norma jurídica (Superyó). Una acción del Yo se considera "correcta" si logra satisfacer simultáneamente las exigencias del Yo, del Superyó y de la realidad, es decir, si concilia sus demandas respectivas.
Los conflictos entre las demandas del Superyó (o las normas y la sociedad) y las demandas instintivas del sujeto producen alteraciones en el funcionamiento del Yo. Cuando estas transacciones se realizan satisfactoriamente, se observan conductas adaptativas, estabilidad y armonía entre el mundo interior y exterior del sujeto. Sin embargo, si las transacciones no son eficientes, pueden derivar en "alteraciones del Yo" o "patologías psíquicas", manifestadas por desfasajes entre las demandas del Superyó y del Ello. La comprensión de estos "conflictos psíquicos" y sus manifestaciones –desde la psicopatología de la vida cotidiana (sufrimiento de la conciencia moral, sentimientos de culpa, actos fallidos, lapsus) hasta síntomas más graves– es vital, ya que el desconocimiento de estos contenidos inconscientes puede llevarnos a tener expectativas de comportamiento en los demás que no se corresponden con acciones posibles o concebibles para nuestra conciencia.
Conclusión: Hacia una Jurisprudencia Más Humana
Para el abogado del siglo XXI, integrar la perspectiva psicológica no es un mero ejercicio teórico, sino una necesidad práctica. Comprender que el sujeto de derecho es mucho más que la construcción ideal de la norma –que es un ser con impulsos innatos (Ello), un mediador con la realidad (Yo) y un interiorizado de normas sociales y morales (Superyó)– permite una aproximación más completa y justa al fenómeno jurídico. Nos ayuda a entender las motivaciones subyacentes a las acciones humanas, la génesis de los conflictos y la distancia, a veces abismal, entre el "idealizado" comportamiento esperado y la "realidad" de lo que sucede. Al reconocer que el derecho moldea nuestro Superyó y que el Yo del individuo negocia constantemente entre sus instintos y las exigencias normativas, se podrá ejercer una profesión más consciente de la complejidad humana. Esto permite, no solo interpretar y aplicar la ley de manera más efectiva, sino también, quizás, concebir normas que estén más en sintonía con la psique humana, facilitando así una "realización del derecho en particular" más plena.
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